En Austria hay una ciudad de la música que se llama Viena.
Donde al cruzar las calles puedes sentirte verdaderamente una reina porque sin duda todos los autos van a frenar sin tregua para cederte gentilmente el paso.
No será difícil tropezar con armonía de violines en cualquier callecita.
Un palacio está perfectamente al alcance de la mano, y amablemente se convierte en el parque donde todos pueden ir a pasar una mañana o un atardecer placentero, y encontrarse con que alguna de sus paredes están decoradas con los cuadros sutiles de Gustav Klimt.
Los cuentos que has escuchado de niña de una emperatriz a la que la llamaban Sissí y una novicia que se enamoró de un general tienen mucho de realidad.
Se puede pasear por el barrio donde Freud solía escribir y ver a sus pacientes y si el psicoanálisis no te resulta prometedor, tan sólo dejate abrumar por la elegancia del Hotel Sacher donde tomarás un rico café acompañado por la deliciosa torta que lleva justamente el nombre y eso sí será revelador.
Tantos músicos han dejado impregnado de sinfonías el aire Schubert, Schuman, Wolf, Brahms, Strauss, Mozart... que es el lugar donde el Danubio, que no es azul, así lo parece, y donde mejor sonido tienen las cajitas de música.